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El camino del fracaso


El camino del fracaso

El manejo consciente del instinto de supervivencia al servicio de la meta, en mi caso la bondad, es en verdad un alto nivel de trabajo. Es un acto de consciencia, y le da a ésta un alimento fino y rico por el cual puede desarrollarse. Un fracasará una y otra vez. Uno vuelve a comenzar. A quien quiere ser bondadoso y falla, le llega el remordimiento. Este remordimiento transforma al Ser, pero requiere que yo permanezca presente y asimile conscientemente las impresiones entrantes, sin ser tomado por la reacción mecánica hacia ellas. No puedo permanecer presente, porque no tengo un almacenamiento suficiente de impresiones de mí mismo para ver cómo soy tomado por las distracciones de la mente y las emociones. Así, no tengo fuerza de las impresiones acumuladas para alimentar mi deseo por permanecer presente. Con estas acumulaciones veo mi impotencia, y por último no olvidaré más, porque el choque de verme y sentirme cómo soy, es acumulativo. No puedo cambiar nada tal cual soy; No puedo “hacer”. Pero con la colocación consciente de la atención en el plexo solar, percatándome de la respiración y permaneciendo con ella, percatándome del cuerpo y relajándolo, permitiré que ingrese nuestro Creador. Invito al amor imparcial para que realice su trabajo transformador en mí. En otras palabras, asumo la posición femenina en relación con nuestro Creador. Me coloco en la posición de recibir, en pasividad-activa. Recibo ayuda desde lo Alto conscientemente. Permanezco colocado en el presente, donde tiene lugar toda transformación. El remordimiento es la herramienta que utiliza nuestro Creador para esta transformación. En su función consciente, superior, el instrumento biológico humano es uno de transformación, una fábrica alquímica que transforma la energía poderosa pero cruda de la venganza en una más fina: La Atención o el amor imparcial. Esto ayuda a crear un cuerpo energético para hospedar a la Atención, una “estructura interna”.

Este acto de sacrificio es un recuerdo de sí de alto nivel, y lleva un gran esfuerzo por recordarme y recordar mis metas. Habrá muchos fracasos. Uno vuelve a comenzar una y otra vez. Es un proceso de gran humildad. Mi importancia personal muere de a poco, no de repente, sino lentamente. Con cada esfuerzo consciente, se agrega un granito de consciencia a la Atención para que ésta crezca y madure. Ningún esfuerzo consciente se pierde (Madame de Salzmann). Se acumula homeopáticamente con el tiempo mientras trabajo interiormente.


Disculpa y perdón

¿A qué se parece este manejo del instinto de supervivencia en un nivel práctico, un nivel diario? Se parece a dos cosas: la disculpa y el perdón.

La disculpa y el perdón son actos de consciencia. Estos son los actos que aclaran la consciencia y le permiten crecer. Alimentan la consciencia. Lo que se alimenta, crece, es la ley. La disculpa y el perdón son actos sacrificiales, que se hacen al servicio de algo superior y más fino, algo que no se puede nombrar pero sí percibir, sentir y experimentar. Un hombre real, un ser humano, se conoce por sus reacciones. No se conoce por lo que los otros digan de él, sino por lo que él dice de los otros. Se conoce por sus actos de bondad y humildad. Se conoce por su capacidad de disculparse y perdonar. Así es cómo se manifiesta el amor imparcial en la realidad humana. Este manejo consciente del instinto de supervivencia es una práctica de por vida. Nunca termina. Me llega como resultado del remordimiento y del temor de lastimar a los demás, que hicieron surgir la meta de la bondad en mí.

Y –porque si uno ha leído hasta aquí, ha pagado el precio, ha hecho el sacrificio, y se ha comprometido en la lucha– es posible compartir una revelación que, cuando me la dieron, pareció ser el mayor de los milagros. Aquí están las conexiones que el conocimiento y la inspiración me dieron con respecto a este proceso de disculpa y perdón:

Lo primero: La colocación consciente de la Atención en el cuerpo es de hecho un acto de consciencia, es el Ser actuando de acuerdo con lo que pide la consciencia. La práctica de la Presencia despierta y desarrolla la consciencia en mí.

Segundo: Una vez que comienzo a practicar la auto observación desde esta nueva ubicación en el cuerpo, se me revela la consciencia. Se me permite ver y sentir lo que ésta pide, no en palabras, sino como un sentimiento pequeño, silencioso: una especie de pedido que me lleva siempre y realmente hacia mi bondad básica (Chögyam Trungpa) y hacia el amor imparcial.

Tercero: con sus pedidos, la consciencia me revela lentamente lo que debo hacer para mantenerla clara: disculparme y perdonar. Estas dos herramientas simples (pero que nunca son fáciles, al menos para mí) son todo lo que se necesita para limpiar y aclarar la consciencia cuando me desvío de su recto y estrecho camino. Y este proceso de limpieza comienza con el perdonarme a mí mismo y con la disculpa interior. ¿Quién exactamente se disculpa con quién, en mi interior?  Bien, la primera disculpa es desde el Ser al cuerpo, por todo lo que se le hizo soportar en cuanto a las demandas y deseos del mí-mismo. La segunda disculpa, a pedido silencioso, gentil y sabio de la consciencia, es desde el Ser hacia nuestro Creador por el daño que causé, a mí mismo y a los demás.

Cuarto –y para mí es aquí donde intervino lo milagroso– es esta revelación: La consciencia es una aguja de brújula que siempre y en todo nos lleva al norte de la verdad = bondad y amor imparcial. Dios es bondad y amor imparcial. Por lo tanto, ¡la consciencia es la voluntad de Dios en mí! La voluntad de Dios no está allí afuera en el Cielo. Eso es muy infantil, ignorante y tonto. Si estuviese en alguna parte fuera de mí, para mí no tendría valor. La voluntad de Dios está dentro de cada ser humano que haya nacido en este planeta, y es consciencia. Es por eso que la consciencia nunca miente y se puede contar con ella absolutamente en toda situación.

Y por último, quinto: la fe real surge de esta comprensión. Encontré en mí, eso en lo que siempre y en todo se puede confiar. Encontré dónde, y en qué, poner mi fe. Y no es fe ciega, no es una fe que otros me inculcaron, no es una fe de doctrinas, sistemas o libros de cualquier creencia. Es la fe que surge de la experiencia vivida, de la verdad viva, revelada por lo que me pide la consciencia en el presente. Una vez que uno descubre dónde está y qué es exactamente la voluntad de Dios, uno ha encontrado el camino para salir del infierno. ¿No es maravilloso? ¿No es milagro suficiente?

El gran budista tibetano, el Maestro Chögyam Trungpa Rinpoche le enseñó a sus discípulos superiores la mayor de las enseñanzas del trabajo: “Si no resulta con la bondad, intenta con más bondad”. Esta es la práctica de quien ha logrado una fuerza interior nacida del sacrificio y la comprensión. Madame Ouspensky enseñó, “Mientras haya un guardián a la puerta puede escudriñarse a quienes entren o salgan… una célula sana realiza este trabajo por sí sola”. Este “guardián a la puerta” puede tomarse como la Atención por sobre la cabeza, que vigila las impresiones energéticas entrantes, aquellas pulsaciones o impulsos, antes de que la mente pueda robarlas y transformarlas en pensamientos. Señor ten piedad; deseo trabajar.

Primero, uno puede aprender a aceptar las manifestaciones desagradables que se originan en los otros y en el ambiente sin agitarse o resentirse, tanto interior como externamente. Esto brinda material real que sirve para “apantallar las chispas del fuego purificador” que alimenta los centros en una unidad unificada.

-E. J. Gold. The Joy of Sacrifice, 69-70.


Autor: Red Hawk

fuente: Libro "El Recuerdo de Sí"